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Café Tacuba llegó en vinilo a Colombia, en 1992 apenas descubríamos esas poderosas canciones de su primer trabajo y entre divertidas letras con cierto alcance absurdo, descifrábamos ese neopunk latino que también venían representando otras bandas mexicanas, chilenas y argentinas durante el final de los años 80.

La diferencia que entendimos en Café Tacuba era que ya no estaban directamente influenciados por los movimientos británicos, sino que eran la versión autóctona de una música que sentíamos cálida y muy nuestra; inclusive usando instrumentos de la región y quedamos cautivados con “María”, el poder explosivo de “Rarotonga” y la descripción de la cotidianidad de la “Chica Banda”, que podría ser una estudiante punk de la secundaria de nuestro barrio. Después del tiempo llegó el insuperable álbum “Re” y Café Tacuba con la producción de Gustavo Santaolalla plantearon un definitivo cambio de juego en 1994 que trajo no solo a la banda al primer plano en la era MTV Latino sino a todo el movimiento nacional mexicano y al resto de bandas de los demás países latinos a detonar ese inmenso boom latinoamericano de la mitad de los años 90 al que se agregaron decenas de bandas locales solo con el propósito de hacer música.

En 1996 esperábamos a Café Tacuba con toda la ilusión de verlos en vivo tras cuatro años de “moler” sus fabulosas canciones en la radio colombiana; “La Ingrata” (que ya no la incluyen en su repertorio por la sensibilidad de la historia de “violencia intrafamiliar” que representa) fue el primer sencillo que despegó y el resto de las canciones tenían un elemento para cada estilo de radio musical que las puso: “Las Flores”, “El Metro”, “El Ciclón”, “Esa Noche” y otro montón de canciones sin radiodifusión como “El Puñal y el Corazón”, “La Negrita”, “El Aparato” y “El Baile y el Salón” retumbaron en bares y en los parlantes de sus fans, pues podríamos asumir que en cada hogar colombiano de los 90 había entonces un acopia del “Re” y otra de “Pies Descalzos” de Shakira. Para ese entonces tuvimos que ver enmudecidos cómo el inmenso Café Tacuba fue el telonero de Shakira en concierto y no al revés. La colombiana con la historia más sobredimensionada en la música del mundo despegaba una carrera astronómica que casualmente celebraba este fin de semana el cierre de su gira “El Dorado 2018” en Bogotá, que le causó lágrimas y angustias en México y que simultáneamente al concierto de Café Tacuba en Medellín sucedía tan lejos como siempre debieron estar.

Han pasado más de 20 años, más de 10 álbumes producidos y como todo en la vida va y viene mejorando, le perdí el paso a Café Tacuba al final de la década anterior notando cierto desdibujamiento en el transcurso natural de su carrera, aunque siempre habrá una nueva canción de la banda para alegrar el tiempo; por ejemplo “1, 2, 3” contiene una reflexión necesaria de la violencia actual en México, “Me Gusta tu Manera” es brutalmente tentadora y sencilla y “Eres” es un nuevo clásico, y no es para menos que abran el concierto con el famoso cover de “Como Te Extraño”, pero sorprende tanto verlos en concierto con toda esa carga de canciones legítimas en hombros que pesa una tonelada de nostalgia frente a su audiencia paisa que se siente abrazada por Cosme con esa constante e inmensa sonrisa y acariciados por esas palabras nobles que dice cada que abre la boca para promover pensamientos positivos y amor por la vida y por uno mismo estirando las manos como intentando abrazar a cada uno.

“Muy agradecidos de estar aquí, con la siguiente canción nos vamos a despedir.

¿Quieren más? Ah, nos gusta la gente golosa”. Y ahí se echaron “La Chica Banda” de aquel primer álbum que me enganchó en este viaje cuántico en el tiempo.

En los “avisos parroquiales”, Cosme hace una serie de reflexiones aplastantes y políticas que van desde el significado de la vida, hasta la crisis de Hidroituango en Antioquia; manda saludos individuales a todas las mujeres “porque el futuro es femenino”, así como “a esa multitud de caminantes” que este fin de semana, en vísperas de elecciones intermedias, cuatro mil indocumentados van hacia Estados Unidos marchando desde toda Centro América. “No hay ningún ser humano que sea ilegal, les mando saludos a nuestros hermanos venezolanos, a nuestros hermanos hondureños, salvadoreños, guatemaltecos y a todos ellos deseando que lleguen con bien, que sean protegidos y bienvenidos siempre, que no sean criminalizados y que no sean discriminados, gracias a todos ellos por su fuerza, por su valentía y por el movimiento. Mandamos un saludo y nuestro respeto a todos los miembros de la comunidad LGBTIQ, deseando que puedan vivir en libertad su amor, su sexualidad, su erotismo, su vida en general, que cuenten con todos los derechos con los que contamos todos los demás ¡Que viva la diversidad! Como dicen, las nalguitas son de cada cual y no hay por qué meterse a menos que le piquen a uno. Nuestro agradecimiento a nuestros hermanos mayores en los pueblos originarios del planeta que están rezando por la humanidad entera por nuestra agua, por nuestro oxígeno, por nuestra tierra. De la misma forma, agradeciendo la palabra de los taitas, de los abuelos, una palabra verdadera a la cual nos podemos aferrar cuando todo se está cayendo porque está basada, no en las ganancias económicas ni en el poder, ni en el control; está basada en las relaciones de nosotros y con nuestro entorno”.

Y su discurso de seis minutos continuó: “Por los más silenciosos, a los más silenciados; nosotros estamos buscando un mundo donde no nos violenten, de la misma forma tenemos que ir frenando la violencia que ejercemos sobre otros seres y nuestros hermanitos, los animales viven a diario nuestra violencia. Lo que viven adentro de los mataderos es puro terror es puro miedo, es pura tortura, ellos no merecen eso, eso no lo merecen ni los políticos copetones, (bueno, los políticos copetones se merecen una probadita, como decimos allá en México: “la puntita no más”). Por cierto, qué pedo que eligieron en Brasil a ese tonto, ¡No podemos dejar a la Amazonía en manos de ese tonto!”.

Fue una noche íntima de encuentro con la nueva nostalgia, esa que aborda corazones en una audiencia que canta todas las canciones de Café Tacuba, la banda que maduró para llegar esta noche hasta aquí, al lugar donde siempre sonaron como locales. “1, 2, 3” por los desaparecidos y por todos los fans.

 

Gabriel Posada.

Medellín – Colombia.

 

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